Capítulo 5 parte 2
Capítulo 5 parte 2
Johana no dio tiempo a más palabras. El bate de béisbol bajó con la furia de un rayo, dirigido directamente al cuerpo de Alba.
Alba logró reaccionar instintivamente, girando el cuerpo y dando un salto hacia atrás. El bate silbó en el aire, fallando por escasos centímetros y golpeando el muro de ladrillo con un golpe seco que hizo vibrar el cemento.
El sonido pareció un disparo en el silencio de la mañana.
Aitor, tirado en el suelo, con una mano aún presionando su cuenca ocular vacía, quiso gritar. Quiso explicarles que la amenaza real estaba aún dormida bajo el asfalto. Abrió la boca.
—¡Pa...! ¡Pa-parad...! —Su voz era un hilo ahogado, incapaz de competir con el jadeo de las dos chicas. El dolor en su brazo y la hemorragia que seguía latente lo empujaban hacia el desmayo. Solo podía ser un testigo impotente.
Johana, con las lágrimas corriendo por sus mejillas, no mostraba el agotamiento que debería haber sentido. Su rabia era su energía. Levantó el bate de nuevo con una fuerza salvaje, sus ojos fijos en Alba.
—¡Pagarás por esto! —gritó Johana, y lanzó otro golpe lateral, buscando barrer las piernas de Alba.
Alba, sollozando, apenas logró saltar hacia atrás. El miedo al robot del garaje era ahora superado por el terror tangible del bate de Johana. Ella era la no violenta, la que evitaba los conflictos, pero Johana la había acorralado.
Alba tropezó y cayó de espaldas, el cuchillo resbalando de su mano y patinando sobre el pavimento.
Johana vio su oportunidad. Se abalanzó, el bate preparado para caer.
—¡Quieta! —gritó Johana, su voz desgarrada por el sufrimiento.
Alba rodó desesperadamente, evitando el golpe. Se puso de rodillas, temblando. Se dio cuenta de que implorar no servía de nada; Johana estaba demasiado cegada por el dolor y la creencia de que ella era la atacante.
La única forma de detener ese torrente de furia era devolver el golpe.
Alba buscó a tientas. Su mano encontró una piedra suelta, pesada y dentada, de un cascote del muro. Se levantó rápidamente, con la adrenalina del peligro empujándola.
Johana venía hacia ella de nuevo, el bate en alto.
Alba apretó los dientes, cerró los ojos y lanzó la piedra con toda su fuerza en un arco desesperado, justo antes de que el bate de Johana iniciara su descenso final.
La piedra lanzada por Alba voló con la fuerza desesperada de su pánico.
El impacto no fue contra el bate, sino contra el hueso.
La piedra golpeó la mano de Johana, justo en los nudillos que apretaban el bate. El dolor fue instantáneo y agudo, cortando el torrente de su furia. El bate salió disparado de su agarre y cayó con un golpe seco a varios metros de distancia.
Johana lanzó un grito de dolor, no tan desgarrador como el de Aitor, pero lleno de rabia. Miró su mano, ya roja e hinchándose, con un leve hilo de sangre brotando de una abrasión.
Ese dolor, sin embargo, no la detuvo, sino que redobló su furia.
Sus ojos, llenos de lágrimas y rencor, se clavaron en Alba. La furia se había vuelto fría y asesina.
—¿A mí también me matarás, hijaputa? —espetó Johana con una seriedad terrible.
Y sin el bate, Johana se abalanzó. Ya no era un ataque con arma, sino una pelea callejera de pura rabia. Se lanzó sobre Alba, derribándola al suelo.
El impacto fue seco. Alba sintió el peso de Johana encima, los puños cerrados de su rival lloviendo golpes que ella intentaba bloquear desesperadamente.
Aitor, en el suelo, luchaba contra la conciencia que se desvanecía. Quería gritar, intervenir, pero el dolor insoportable y la náusea lo mantenían anclado en la agonía. Su voz era solo un jadeo inaudible.
Alba se defendía a ciegas. Era más pequeña y menos acostumbrada a la violencia que Johana, pero la amenaza de ser atacada por la persona que amaba la impulsaba. Con un movimiento desesperado, logró enganchar sus piernas alrededor del torso de Johana y la empujó hacia atrás con todas sus fuerzas.
Johana soltó un gruñido de sorpresa al verse lanzada.
Alba aprovechó el instante para rodar y ponerse de rodillas. El movimiento brusco la liberó de Johana, pero tuvo un coste inesperado.
Un objeto ligero y frágil se deslizó de su rostro, rebotando en el asfalto.
Eran sus gafas.
Sin ellas, el mundo se convirtió en una acuarela borrosa de formas y colores. Vio una mancha roja y oscura, que era Johana, levantándose con la misma sed de venganza, y una mancha roja y negra, que era Aitor, inmóvil en el suelo.
La desventaja era brutal. Alba se levantó a ciegas, sabiendo que sin la claridad, la pelea se había vuelto casi imposible de ganar.
Johana, agarrándose la mano herida, se lanzó de nuevo, su ira al máximo.
Johana, cegada por la ira y el dolor en su mano, no perdió tiempo. Se abalanzó sobre la silueta borrosa de Alba.
Un impacto seco y brutal en el pecho de Alba. Johana había utilizado su hombro para embestir, golpeándola con toda la fuerza del sprint.
El aire salió de los pulmones de Alba en un gemido sordo. Cayó al suelo, el golpe dejándola temporalmente paralizada, el mundo borroso girando a su alrededor. Estaba exhausta, magullada y ahora sin aliento.
Aitor seguía siendo un cuerpo inmóvil y sangrante, el único sonido que salía de él eran respiraciones raspadas.
Alba intentó arrastrarse, buscando ciegamente un refugio. Consiguió llegar a la esquina de la pared exterior, donde se encogió en posición fetal. Con un espasmo violento, escupió al asfalto un poco de sangre mezclada con saliva. Estaba herida, y la certeza de que no podía defenderse se hundió en su pánico.
Johana no se apresuró. Su mano magullada la dolía, pero su mente estaba en un lugar de terrible calma. Vio a Alba, arrinconada y débil, y supo que era el momento.
Se dirigió al lugar donde el bate había caído y lo recogió con la mano buena. Su respiración era pesada, llena de la adrenalina de la pelea, pero sus pasos ahora eran lentos y deliberados.
Johana se acercó a Alba, arrastrando la punta del bate de béisbol por el asfalto. El sonido áspero era la banda sonora de la ejecución, un ruido que resonó en el silencio de la mañana. Se detuvo sobre Alba, su figura borrosa para su rival, pero imponente.
—Mira lo que has hecho, Alba —vociferó Johana, las lágrimas aún surcando sus mejillas, pero su voz era ahora dura como el hielo—. Has destrozado su cara. Has roto su vida. Y te has reído de ello.
El bate se levantó ligeramente en el aire, centrado sobre la silueta encogida.
—Tú no sales de esto. Nunca. Vas a pagar por habernos tocado.
Alba, con la visión borrosa, la sangre en la boca y el pánico haciéndole nudos en el estómago, levantó una mano temblorosa.
—¡Por favor! ¡Johana, escúchame! —suplicó Alba, su voz rota—. ¡Yo no hice esto! ¡Fue algo que estaba ahí abajo! ¡Por favor!
Johana se inclinó, su rostro sombrío y cruel.
—Ya tuve suficiente de tus mentiras.
El bate se detuvo, suspendido en el aire.
El bate estaba suspendido en el aire, a punto de descender. Johana, con los ojos inyectados en sangre y lágrimas, estaba a punto de sentenciar a Alba.
En el instante exacto en que Johana iba a soltar el golpe, se escuchó un grito sordo y desesperado. No vino de Alba, sino de la oscuridad detrás de Johana, un rugido de dolor y rabia.
Antes de que Johana pudiera echar un vistazo, un cuerpo ensangrentado y tembloroso la embistió por un lado. Era Aitor, que había encontrado una última reserva de energía, impulsado por el terror de ver a Alba morir por un error.
El impacto fue desorganizado. El golpe la sacó de equilibrio, y Johana cayó pesadamente al suelo, soltando el bate, que rebotó y se deslizó lejos.
Su furia era tal que Johana no registró quién la había atacado. Solo sintió el bulto blando del cuerpo y reaccionó con violencia ciega, revolviéndose y golpeando desesperadamente al bulto que la había tirado. Sus puños volaron, la rabia acumulada desatándose.
—¡Muere ya! —gritó Johana, sin aliento, golpeando.
Aitor, con su brazo inútil, apenas podía defenderse. Se dejó golpear, solo centrado en una cosa: mantener a Johana fuera de Alba.
Con un esfuerzo sobrehumano, Aitor logró inmovilizar a Johana con la mano sana, acercando su rostro al de ella, pese al dolor desgarrador que el movimiento le provocaba en la herida.
—¡Johana! ¡Soy yo! —logró jadear, su voz apenas un susurro rasposo—. ¡Para! ¡No fue ella!
La cercanía, el olor a sangre y el agonizante hilo de voz finalmente penetraron la ceguera de su ira. Johana se detuvo, su puño suspendido en el aire, sus ojos desorbitados se fijaron en el rostro a pocos centímetros.
Vio la horrible herida abierta, el labio pálido que se movía, y la mirada desesperada del único ojo que le quedaba.
Aitor.
La furia se disipó instantáneamente, reemplazada por un terror frío y paralizante. El cuerpo de Johana se quedó rígido. Soltó a Aitor como si quemara.
—No... no fue... Alba... —Aitor consiguió articular la frase, su última voluntad, antes de que el agotamiento y el dolor se cobraran su precio.
La visión de su amigo, destrozado, sangrando y ahora luchando por respirar, rompió el dique de la negación de Johana.
Un gemido de desesperación salió de su garganta. El dolor por su mano se olvidó; solo existía la agonía de él. Se dejó caer de rodillas, el llanto brotando en espasmos incontrolables.
Aitor, habiendo logrado su objetivo, perdió su última conexión con la conciencia. Su cuerpo se relajó de repente, el peso muerto cayendo sobre Johana.
—¡Aitor! ¡No, no, no! —gritó Johana, sujetándolo contra su pecho. El pánico la invadió. Empezó a sacudirlo suavemente, gritándole al oído con una desesperación horrible—: ¡Despierta! ¡Por favor, despierta! ¡No me dejes!
Alba, que había estado arrinconada en el suelo, ciega y magullada, escuchó el grito desesperado de Johana. Olvidó el miedo, el dolor, y la borrosa rivalidad.
Se abalanzó hacia el sonido del pánico. Gateó hacia Aitor, sintiendo la tela de su ropa, la sangre, el peso muerto. Entre lágrimas y sollozos, Alba también se agarró a él, intentando despertarlo, sintiendo que ambos estaban perdiendo al chico en ese mismo instante.
Las dos rivales, heridas y destrozadas, se encontraron al fin unidas, bañadas en la sangre de Aitor, sus llantos siendo el único eco en la mañana.
El pánico de Johana era un grito mudo que exigía acción. Su amor y su furia acababan de destruirla.
Aitor se había desplomado, un peso muerto y sangrante en sus brazos.
De repente, Johana recordó las gafas. Aitor había gastado sus últimas fuerzas para decirle que Alba era inocente, y ahora Alba era la única que podía ver con claridad.
Soltó a Aitor lo justo para que no se cayera del todo y buscó a tientas. Sus ojos, nublados por el llanto, localizaron el objeto frágil a pocos metros. Se lanzó hacia las gafas y regresó al lado de Alba, que seguía sollozando, semi-ciega.
—¡Toma! —gritó Johana, con la voz desgarrada, y le encajó las gafas en el rostro a Alba.
La claridad regresó al mundo de Alba, que ahora veía con una nitidez dolorosa: la sangre, el rostro inerte de Aitor, y la desesperación sin límites en los ojos de Johana.
—¡Pide ayuda, por favor! ¡Llama a una ambulancia! ¡Ahora! ¡No a la policía, Aitor dijo que no! ¡Solo la ambulancia! —El ruego de Johana era puro pánico.
Alba no dudó. El teléfono se había caído de su mano, pero lo recuperó y marcó el número de emergencias, hablando entrecortadamente, tratando de explicar la dirección y el horror.
Mientras Alba luchaba con la operadora, Johana se centró de nuevo en Aitor. Con un cuidado instintivo, como si temiera romperlo, lo acomodó. Lo levantó ligeramente, su cabeza ensangrentada descansando en el regazo de Johana.
Lo acunó como si fuera un recién nacido, balanceándolo suavemente, ignorando el asfalto sucio y la sangre que manchaba su propia ropa. Las lágrimas caían a chorros por su rostro, golpeando la herida abierta de Aitor.
Johana empezó a acariciar el poco pelo que no estaba pegado por la sangre, murmurando palabras incoherentes, pidiendo perdón por el bate, por el odio, por no haber llegado antes.
—No... no, mi Aitor —sollozó, su voz rompiéndose—. No... quédate conmigo... ¡No! ¡Por favor, despierta!
El grito de "¡No!" se repitió, un lamento desesperado y primal que resonó en el callejón. Alba colgó la llamada, su mano temblaba, y se abalanzó sobre el cuerpo de Aitor y Johana. Juntas, las dos chicas, una con su amor no correspondido expuesto en el terror, la otra con la culpa de haberlo puesto en peligro, intentaron inútilmente despertar al chico que yacía inconsciente en el regazo de su enemiga.
El grito desgarrador de Johana de "¡No!" se ahogó en sollozos incontrolables. Aitor yacía inerte en su regazo, un peso doloroso y quieto.
Alba, la llamada finalizada, dejó caer el teléfono a su lado. La claridad que le ofrecían sus gafas recién recuperadas era una maldición: veía con perfecta nitidez la herida de Aitor y la desesperación destrozada en el rostro de Johana.
Inconscientemente, Alba se inclinó sobre las dos. Dejó de lado el brazo magullado, el dolor en el pecho, y la confusión por el ataque. Lentamente, pasó un brazo por los hombros temblorosos de Johana.
—Lo siento... —susurró Alba, su voz apenas audible por el llanto—. Lo siento mucho, Johana. Yo... yo solo quería sacarlo de ahí.
Johana no se apartó. El odio entre ellas se había evaporado como una neblina ante la vista del horror compartido. Su cuerpo se encogió en el abrazo incómodo e inesperado, mientras acunaba a Aitor.
—Yo también lo siento —logró decir Johana, su voz ronca por los gritos—. Siento haberte pegado. Siento todo. Siento no haber llegado antes, Alba... Siento haber creído...
Se interrumpieron mutuamente, incapaces de procesar la reconciliación forzada en el charco de sangre. Solo el cuerpo inmóvil de Aitor era real.
En la distancia, un sonido comenzó a crecer, débil al principio, luego más fuerte: el chillido agudo de una sirena, seguido por el rugido de un motor a toda velocidad. Las luces rojas y azules de la ambulancia se acercaban, recortando la calle principal.
La esperanza, aunque dolorosa, regresó como una descarga eléctrica.
Alba, con la garganta seca por el pánico, se levantó de un salto inestable, señalando la entrada del callejón donde la luz del día se mezclaba con el horror del sótano.
—¡Aquí! ¡Estamos aquí! —gritó Alba con desesperación frenética, agitando el brazo—. ¡Por favor, dense prisa!
Las sirenas se detuvieron. Las luces brillantes de la ambulancia inundaron el callejón, revelando la escena: el bate en el suelo, las dos chicas ensangrentadas y en lágrimas, y el cuerpo de un chico inconsciente.



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