El educador: Capítulo 5 parte 1

 


Capítulo 5 parte 1



Aitor empujó la verja oxidada con el hombro, ese metal viejo que chillaba como si se quejara de existir. El garaje abandonado seguía ahí, igual de feo, igual de perfecto. Sacó la llave maestra que Rayco le había hecho y empezó a trabajar el candado con una paciencia que no tenía para nada más en la vida.

Alba estaba pegada a él como una alarma humana.

—En serio, Aitor, esto es una locura —soltó ella por tercera vez—. Te lo juro, algún día te van a detener o te vas a caer un techo encima.

—Relájate, drama queen —murmuró él, inclinándose más sobre el candado—. Solo es un garaje. Y no pienso quedarme aquí media hora esperando a Johana. Ya dijo que venía, pues que entre luego.

Alba cruzó los brazos, la mochila golpeándole la cadera con un gesto que gritaba “estoy harta de ti” pero también “te quiero vivo, idiota”.

—No deberías entrar solo —insistió—. Ni tú ni ella sabéis lo que hay ahí dentro. Y esto… esto ya es demasiado. De verdad.

Aitor soltó un bufido mínimo, sin apartar la vista de la cerradura.

—Tú siempre diciendo lo mismo. Si no quieres entrar, no entres, pero no me rayes. Solo voy a echar un vistazo. ¿Vale?

—No, no vale —respondió Alba, pero su voz ya no sonaba tan firme—. Voy a quedarme aquí. En la puerta. Si tardas demasiado entro a buscarte. Aunque me muera de miedo.

Aitor casi sonrió. Casi. El clic del candado abriéndose le robó el momento. Lo sacó con un tirón brusco.

—Pues eso —dijo sin mirarla—. Espera fuera. No pasará nada.

Alba bajó la mirada, apretó los labios y asintió muy lento, como si le estuviera entregando media tranquilidad y medio enfado en un mismo gesto.

Aitor empujó la puerta.

La oscuridad del garaje lo recibió como si hubiera estado esperándolo.

Aitor avanzó despacio, la linterna sujetada firme en la izquierda y el cuchillo en la derecha, como si ese trozo afilado pudiera negociar con la oscuridad. El aire estaba muerto, cargado con un olor viejo, casi rancio, como si nada hubiera respirado ahí dentro en años.

El haz de luz barrió el primer pilar. Luego el segundo. Todos iguales, todos rectos y desnudos, sin una sola pintada, sin firmas de chavales aburridos, sin insultos, sin corazones flechados. Nada. Ni una marca humana. Ese vacío visual era peor que cualquier amenaza.

Las plazas de coche se extendían como cajas abiertas, líneas blancas que aún se distinguían, frías y perfectas, como si alguien las hubiera repasado la semana pasada. Pero nadie lo había hecho. Ese sitio llevaba muerto mucho tiempo.

A su izquierda, dos coches abandonados, levantados sobre bloques, sin ruedas, sin cristales, sin matrículas. Carnes abiertas de metal. Ni siquiera estaban saqueados, solo… incompletos. Como si algo los hubiese desarmado sin prisa y sin intención de usar las piezas.

Aitor tragó saliva, avanzando entre las sombras. El sonido de sus pasos era un eco pequeño y quebrado, como si el garaje no supiera cómo devolverlo correctamente.

Lo que más le golpeaba no era la oscuridad, ni los coches muertos, ni el silencio. Era la ausencia total de huellas humanas. Ni basura, ni latas, ni papeles, ni restos de botellón, ni charcos aceitosos, ni cristales rotos. Nada de nada.

Ni señales de que alguna vez hubiera funcionado.

Pero tampoco señales de que alguien hubiera entrado después.

Ese contraste era lo que le helaba la nuca.

Porque si un sitio lleva años abandonado y sigue impecable, significa que nadie se atreve a cruzar la puerta.

Excepto él.

Aitor caminó con esa mezcla tan suya: cautela en los músculos, confianza idiota en el pecho. Como si supiera que no había nadie, pero aun así cada paso midiera el suelo por si las dudas. La linterna barría de lado a lado, revelando más vacío del que reconfortaba.

A su derecha apareció lo que debería haber sido el puesto de vigilancia, ese cubículo acristalado donde un guardia tendría que haber pasado noches aburridas mirando cámaras. Estaba completamente desnudo. Sin silla, sin mesa, sin monitor, sin polvo siquiera. Cuatro paredes huecas que parecían más decorativas que funcionales.

Aitor resopló, incómodo. Aquello no tenía pinta de garaje abandonado, sino de escenario montado a medias.

Siguió avanzando unos metros más. Todo era repetición geométrica: pilares idénticos, plazas vacías, hormigón sin cicatrices. Demasiado perfecto, demasiado intocado.

Y al levantar un poco la linterna la vio.

La rampa.

Una lengua de hormigón que descendía hacia un segundo nivel, tragándose la luz con una suavidad enfermiza. La distancia la hacía parecer estrecha, pero lo suficiente grande para tragar un coche entero. No había señales, ni flechas, ni marcas de pintura indicando dirección. Solo una bajada recta hacia más oscuridad.

Aitor sintió cómo se le tensaban los dedos alrededor del cuchillo. Esa parte del garaje, ese nivel inferior, era la clase de sitio del que la gente no vuelve en las películas malas.

Y aun así, el muy cabezón dio un paso hacia allí.

El aire comenzó a cambiar antes de que Aitor lo registrara. Primero fue un frescor extraño, como si alguien hubiera dejado abierta una cámara frigorífica a metros de distancia. Luego, esa sensación se volvió gélida, punzante, casi húmeda. Cada paso que daba en la rampa hacía que el entorno se volviera un poco más inhóspito, un poco más muerto.

La bajada en espiral parecía no terminar jamás. Era como caminar dentro de un barrido circular diseñado para confundirle. Misma pared gris. Misma curva. Misma pendiente. Y ni un solo detalle que permitiera medir el avance.

Aitor masculló en voz baja, harto ya de la sensación de estar bajando al centro de la tierra. Una parte de él se replanteó si valía la pena. Si de verdad había algo ahí. O si solo estaba perdiendo el tiempo metiéndose donde no debía. Como siempre.

Pero entonces, la rampa cambió. El ángulo cedió. El suelo se volvió plano.

Y Aitor supo que había llegado.

Alzó la linterna… y la incomodidad le dio de lleno. No estaba en el nivel -1 ni en un simple subsótano. No, señor. El número pintado en la pared, discreto pero visible, anunciaba sin vergüenza:

-3

Aitor parpadeó.
¿Y el -2?
¿Había pasado directamente?
¿Se lo había saltado la rampa?
¿No existía?
¿O peor… existía, pero no era para ojos como los suyos?

La respuesta no llegó. Pero algo mucho más inquietante sí.

Frente a él, comenzando el nivel -3, había una verja. Una enorme verja de metal grueso, más propia de un centro penitenciario que de un garaje. Las barras tenían un tono oxidado, pero sobre todo… unas manchas secas de color indefinible. Oscuras. Viejas. Demasiado altas para ser del suelo, demasiado irregularmente salpicadas como para ser pintura.

La linterna recorrió el mecanismo. La verja estaba diseñada para abrir solo hacia dentro del nivel -3, como si la intención fuera permitir entrar… pero dificultar salir.

Aitor sintió el mismo microsegundo de duda primitiva que sienten los animales antes de meter la pata donde no deben. El ambiente, ya helado, dio la impresión de bajar un grado más, justo cuando el borde de la verja parecía esperarlo, inmóvil como la boca abierta de un depredador viejo.

Y sí. El paso solo abría hacia dentro.
Hacia lo desconocido.
Hacia algo que alguien no quería que saliera.

Aitor empujó la verja con la palma, despacio, como si temiera que al hacerlo despertara algo dormido detrás. El metal respondió con un chirrido largo, oxidado, que se estiró por el nivel -3 como un grito metálico. El eco viajó por el pasillo, rebotó en paredes invisibles y regresó deformado, más grave, como si algo lo hubiese devorado antes de devolverlo.

El sonido le erizó la nuca.

La linterna tembló un instante en su mano antes de estabilizarse. El interior ya no tenía absolutamente nada de garaje. Ni columnas. Ni espacios para coches. Ni ventilación. Ni tuberías. Era un pasillo largo, estrecho, demasiado perfecto en su forma. Las paredes no eran del hormigón clásico, sino de un material más liso, sin grietas, casi sellado. Como si lo hubieran construido para durar siglos sin que nadie lo encontrara.

Aitor avanzó un paso.
Luego otro.
El cuchillo seguía firme en la mano contraria, listo aunque inútil frente a la sensación que le pesaba sobre los hombros.

La linterna empezó a revelar manchas. Al principio difusas. De un marrón apagado. Secas. Antiguas. Arrastres en la pared, gotas en el suelo, líneas que subían a media altura. Aitor hubiera preferido fingir que eran aceite viejo o óxido. Pero a medida que caminaba, el color empezó a cambiar.

Se volvió más cálido.
Más rojizo.
Más inequívoco.

La luz blanca de la linterna golpeó una mancha especialmente grande. Aitor acercó un poco más, forzado por la curiosidad y ese lado temerario que siempre lo metía de lleno en lugares como este.

Sí. Era rojo.
Rojo oscuro.
Rojo que había sido brillante alguna vez.

El aire estaba más frío, pero también más espeso. Como si cada paso que daba se internara en un sitio donde no debía haber nadie desde hacía demasiado tiempo.

Y aun así, algo lo había manchado todo.
Y ese algo parecía haber sido arrastrado, golpeado o movido por el pasillo entero.

Aitor tragó saliva, pero siguió caminando. No había vuelta atrás mientras la linterna marcase el siguiente paso. No después de ver ese color que ya dejaba de ser sospecha para volverse certeza.

Aitor dio otro paso, forzando la mente a ignorar el olor. El aire se había vuelto ferroso, denso, como el interior de un matadero o una herrería mal ventilada. Pero no era solo óxido. Era la certeza cálida de que el pasillo no había sido manchado; había sido pintado con aquello.

La linterna bailó sobre la pared, y entonces Aitor vio el final. O, más bien, la curva. Una esquina ciega que prometía el resto de la estructura. El pasillo terminaba con una brusca vuelta a la izquierda, la línea de sangre y arrastres desapareciendo tras el quiebro.

Llevó el cuchillo en alto, casi pegado a la oreja, y se obligó a acelerar. El metal de la verja, el chirrido de entrada, ahora parecían pertenecer a otra vida. El eco de sus pasos lo acompañaba como un segundo pulso acelerado.

Se acercó a la esquina, pegando la espalda a la pared lisa, respirando hondo una última bocanada del aire menos viciado. La punta de la linterna se adelantó primero, lenta. El haz de luz trazó el giro...

El grito salió de la garganta de Aitor como un alarido animal. No era de pánico, sino de puro horror visceral, el sonido de alguien cuya mente acababa de ser reescrita por la visión.

Se echó hacia atrás, golpeando la nuca contra la pared con un crack sordo que casi no sintió. La respiración se descontroló, jadeos cortos, roncos, mientras el pecho le ardía.

La linterna, sin embargo, se mantuvo estable. Iluminando el pequeño espacio.

No era otro pasillo, sino una especie de salita de vigilancia o de descanso. Y en el centro, lo que había provocado el grito.

Un esqueleto, o lo que quedaba de él. Estaba sentado, recostado contra una mesa metálica volcada, rodeado de una piscina seca de manchas rojas y marrones. No era una muerte limpia. Los huesos estaban dislocados, rotos en ángulos imposibles, y todavía había hebras de tejido, oscuro y seco, colgando de ellos. La escena era la de un cuerpo que había sido destrozado con una violencia absurda, quizá antes de morir.

Lo más terrible no eran los restos, sino lo que llevaba puesto.

Una bata de laboratorio, descolorida y rígida por la sangre seca, identificable por un bordado oscuro sobre el bolsillo: "Dr. Volkovich".

El terror le heló la sangre, pero la curiosidad era un cable pelado conectado a sus terminaciones nerviosas. Su cuerpo quería girar, correr sin mirar atrás, pero sus pies permanecieron anclados. Había encontrado la respuesta al pasillo. Un hombre. Un doctor. Y el resultado de lo que fuera que operaba en este lugar.

La linterna se movió, temblando ligeramente, revelando el resto de la salita. Había una puerta.

No era una puerta discreta, de hormigón sellado, como la verja de entrada. Era una puerta metálica, pesada, de seguridad... o lo que quedaba de ella. La hoja principal había sido arrancada de sus bisagras y yacía destrozada en el suelo, con el metal doblado hacia afuera, como si algo la hubiera reventado desde dentro con una fuerza descomunal.

Detrás de la abertura rota, había un pasillo completamente diferente. Un pasillo blanco.

O había sido blanco alguna vez. Ahora, el contraste era aún más brutal. Las paredes y el techo estaban empapados de una capa espesa de sangre que parecía haber fluido a chorros, goteando en estalactitas oscuras. No había arrastres; había un diluvio de violencia. Esta no era una escena antigua. Era la traza de una carnicería que acababa de terminar.

El instinto gritó: "¡Corre, Aitor!"

Pero una sensación extraña lo invadió. Una presión. No física, sino mental, como un imán invisible que lo atraía hacia la puerta reventada. No era su propia curiosidad. Era algo externo, un mandato frío y oscuro que se deslizaba bajo su miedo.

El cuchillo se hundió un poco más en la palma de su mano, la linterna apuntó al infierno blanco, y Aitor, aterrado y totalmente en contra de su voluntad, avanzó y cruzó el umbral.

Tropezó sobre la puerta metálica reventada, su mente luchando por procesar el pasillo blanco y carmesí. La coacción que sentía era ahora casi física, un alambre de acero invisible que tiraba de él por el cuello, obligándolo a seguir el rastro de la carnicería.

El pasillo lo escupió en una sala de trabajo cavernosa y oscura. El haz de la linterna revelaba un caos organizado, como si un huracán hubiera azotado un laboratorio de alta tecnología. La atmósfera había cambiado de misterio arqueológico a terror activo.

Efectivamente, era una sala de mecánica. Había partes robóticas esparcidas: brazos hidráulicos incompletos, carcasas de metal abolladas, bobinas de cable y herramientas especializadas. Había mesas de acero inoxidable, ahora volcadas o cubiertas de manchas que iban del marrón más oscuro al rojo brillante, aún pegajoso. Vio sillas de oficina destrozadas y salas laterales, vacías, pero cada centímetro de pared manchado. Era la escena de una lucha desesperada y catastrófica.

Aitor avanzó, siguiendo el impulso magnético. El sudor le resbalaba por la frente, mezclándose con el terror. Mantuvo la linterna apuntando al frente, y a lo lejos, en una sala más grande y engullida por la penumbra, captó algo inusual.

Un punto de calma en el centro del huracán: una mesa con una silla.

La luz golpeó la mesa, revelando un equipo electrónico sorprendentemente intacto. Había un portátil cerrado, una cámara profesional de lentes grandes, y un pequeño USB de metal oscuro conectado a la laptop.

Sin pensarlo dos veces, guiado por esa mano invisible o quizás por la necesidad desesperada de entender, Aitor soltó el cuchillo. Agarró el USB con un temblor en los dedos y tiró de él, desconectándolo del ordenador.

El silencio fue sustituido por una voz.

No venía de cerca. Era profunda, gutural, antigua, con un tono robótico que se arrastraba y resonaba en el vasto espacio.

"¿Eso es hurto?"

La voz era un eco metálico, sin emoción, pero cargada de una avaricia terrible.

"Eso no está permitido. Por favor, devuélvelo o serás reeducado."

Aitor se congeló, el USB caliente en su mano. Su corazón se detuvo y luego reanudó su marcha con la fuerza de un motor desbocado. Giró bruscamente, el rayo de luz moviéndose con pánico.

Y entonces lo vio.

En la boca de la sala, al final de su campo de visión, había algo que desafiaba toda lógica y pesadilla: la fuente de la voz.

Era una figura de una altura sobrehumana, compuesta de un esqueleto mecanizado y brillante, goteando. Todo su cuerpo era una amalgama de metal bruñido, restos humanos y la masacre circundante.

La figura se elevaba sobre él, una criatura de pesadilla tecnológica y orgánica. El cuerpo, compuesto por una caja torácica de metal rojo que recordaba a costillas, estaba empapado en sangre, espesa y brillante, que se deslizaba por las articulaciones hidráulicas. Los hombros, cubiertos de una densa capa de musgo húmedo y oscuro, le daban un aspecto primitivo y profanado.

La cabeza era un cráneo de ciervo metálico, elegante y terrorífico, del que brotaban unos cuernos vastos y retorcidos, también con matas de musgo adheridas. La sangre ya seca parecía escurrír sin parar desde la cuenca del cráneo, cubriendo el torso en un patrón macabro.

Pero lo más impactante eran los ojos.

Dos puntos de luz pura: ojos de un azul eléctrico e intenso que contrastaban brutalmente con el rojo y el negro del cuerpo. No había emoción en ese parpadeo azul, solo la fría y absoluta certeza de una máquina que acababa de detectar una infracción.

Aitor no podía correr. El miedo lo había clavado al suelo. Levantó la linterna en un gesto desesperado, enfocando el terror.

"Proceder a la devolución inmediata del activo," resonó la voz metálica y antigua. "alumno, no fuerces tu reeducación."

La criatura dio un paso. Y el suelo tembló.

Aitor no dudó. El instinto de supervivencia, mezclado con el pánico más puro, cortocircuitó la parálisis. Metió el USB en el bolsillo interior de su chaqueta con un movimiento espasmódico y recuperó el cuchillo del suelo con un agarre firme y sudoroso. El metal frío se sintió como el único ancla en el caos.

El ser, esa abominación de carne robótica y sangre de ciervo, siguió avanzando con una lentitud deliberada, cada paso calculando la distancia.

"Comportamiento no cooperativo detectado. Por favor, corrija la trayectoria." La voz era ahora ligeramente más fuerte, el tono didáctico contrastando horriblemente con la figura bañada en rojo. "El hurto debe ser revertido. No deseamos la aplicación de medidas de contención violenta, Alumno."

La mención resonó, confirmando que la cosa lo reconocía de alguna manera con un alumno. Eso fue el detonante final.

En lugar de huir, Aitor lanzó un grito gutural y se abalanzó hacia adelante, impulsado por una rabia desesperada. No pensó en la armadura, en la fuerza o en la lógica. Solo vio el brillo antinatural del ojo.

El cuchillo se hundió en el robot.

La hoja fina no encontró hueso, sino metal y circuitos. El punto azul de su ojo izquierdo se apagó en el instante en que la punta atravesó la cuenca ocular. Chispas vivas y verdes saltaron alrededor de la empuñadura, silbando, seguidas de un líquido espeso que no era sangre, sino aceite caliente.

El ser se detuvo. Hubo un silencio eléctrico. Por un segundo, Aitor pensó que había funcionado, que su golpe desesperado había detenido a la pesadilla.

Pero el alivio no llegó. En su lugar, vino la furia silenciosa y mecánica.

El brazo robótico, de cables gruesos y pistones manchados de sangre, se disparó con la velocidad de un latigazo. Se cerró sobre el antebrazo de Aitor con una fuerza que no era la de un ser vivo, sino la de una prensa hidráulica.

Aitor sintió cómo los huesos crujían bajo la presión, no rompiéndose del todo, sino moliéndose unos contra otros. El dolor fue inmediato y cegador, una descarga que le vació los pulmones. Soltó un gemido que se ahogó en su propia garganta.

El robot no se molestó en mirar. Con una facilidad escalofriante, lo alzó del suelo como si fuera una muñeca de trapo, levantándolo hasta la altura de su propio cráneo de ciervo.

Con la mano libre y un movimiento limpio y seco, la criatura extrajo el cuchillo de su cuenca ocular. La herida goteaba ese aceite negro, pero el ojo derecho aún brillaba con la intensa luz azul, fijo en Aitor.

Y entonces, el ser movió el cuchillo.

No para cortar, sino para enganchar.

La punta se introdujo bajo el párpado inferior de Aitor, y antes de que pudiera registrar el terror, el ser tiró con la misma fuerza mecánica y despiadada con la que había arrancado la puerta.

El grito de Aitor esta vez no tuvo nada de humano. Fue un aullido de puro sufrimiento y carne desgarrada.

Sintió el tirón, la separación violenta de nervios y tejido, una sensación húmeda y caliente inundando su mejilla. El dolor no fue un impacto, sino una explosión punzante que viajó directamente a su cerebro, encendiendo cada terminación nerviosa. Pudo sentir, con una claridad espantosa, cómo el ojo le era arrancado de su cavidad.

La criatura dejó caer el cuchillo ensangrentado y el ojo de Aitor, que rebotó con un sonido repugnante en el suelo metálico.

La mano que lo sostenía aflojó un poco la presión, y Aitor cayó al suelo, abrazándose la cara, convulsionando. La oscuridad lo invadió por el lado izquierdo, reemplazada solo por un dolor insoportable que marcaba el ritmo de sus latidos frenéticos.

Estaba vivo, pero solo sentía el ardor, el metal frío del suelo, y el sabor ferroso de su propia sangre y lágrimas mezcladas. Sabía, con una claridad aterradora, que la criatura seguía allí, su ojo azul observando el resultado de su "reeducación".

"Lección aprendida, Alumno," resonó la voz, ahora más cerca. "¿Devolverás el activo ahora, o se requieren más medidas correctivas?"

Aitor yacía en el suelo, ciego de un ojo y con el brazo inutilizado. La linterna había rodado y el haz apuntaba hacia el techo, dejando su cuerpo en la penumbra.

El dolor era un incendio devorándolo, pero el miedo era el combustible. Aitor, a pesar de estar medio ciego, con el brazo palpitando bajo la piel y la cara ardiendo en un infierno líquido, no se rindió.

Se arrastró, buscando a tientas en el suelo metálico. Encontró el cuchillo, ahora una extensión de su pánico. Lo aferró con la mano que aún le respondía, usando el metal frío como un ancla a la realidad.

La voz robótica resonó de nuevo, ahora con un matiz de frialdad y fastidio: "Rechazo de cooperación persistente. Nivel de amenaza recalibrado."

Eso fue suficiente.

Aitor se puso de pie de un salto inestable y cojeante. La linterna seguía apuntando al techo, dejando el suelo en penumbra, pero eso le daba una ventaja: la criatura, cubierta de sangre brillante, era inconfundible incluso en la escasa luz reflejada.

Corrió.

Dejó atrás la sala de despiece mecánico, el pasillo blanco y sangriento se convirtió en un túnel de terror borroso a su izquierda. Cruzó el umbral destrozado, corriendo en línea recta hacia la curva.

El robot se movió. Su zancada era larga, pesada y sorprendentemente rápida, resonando con un CLANG-CLANG rítmico que era la banda sonora de la muerte.

Aitor giró la esquina, entrando de nuevo en el pasillo de hormigón sellado, dejando atrás el esqueleto del Dr. Volkovich. El robot lo hizo un segundo después.

El eco viajaba, multiplicando el sonido metálico de los pasos de la criatura. Aitor corría con una ceguera parcial y el brazo casi inútil, el aire le laceraba los pulmones, pero la adrenalina era un potente analgésico y motor.

Llegó al final del túnel y se encontró de nuevo con la entrada. La verja metálica, ahora retorcida por su entrada previa, esperaba. Se abalanzó sobre ella, la empujó hacia afuera, sintiendo el mismo chirrido oxidado, pero esta vez fue un sonido de liberación.

Se encontró de nuevo en el garaje abandonado, el Nivel -3, el espacio amplio, oscuro y lleno de columnas.

Se giró. La figura de la pesadilla antropomórfica ya estaba cruzando el umbral de la verja.

Aitor se abalanzó contra la puerta de la verja. Era gruesa, oxidada, con un cerrojo simple. Con un rugido de esfuerzo y dolor, la cerró hacia adentro, bloqueándola parcialmente con su propio peso y un pedazo de tubería que encontró al azar.

El robot, programado solo para la fuerza bruta, intentó abrirla empujando. Los pistones metálicos se contrajeron, la figura de ciervo se inclinó contra la verja, haciendo que el metal gimiera. Pero como Aitor había notado al entrar, la verja abría hacia afuera.

La criatura no entendió la función de tirar. Solo empujaba, con una fuerza que amenazaba con arrancar la puerta del marco, pero sin éxito. La voz se convirtió en un gruñido: "ERROR. FUNCIÓN DE REAPERTURA NO DETECTADA. ACCESO DENEGADO."

Aitor no esperó a que lo consiguiera. Corrió hacia la rampa en espiral que llevaba a los niveles superiores. Empezó la subida.

Sus zancadas eran cortas, irregulares. El corazón ya no latía, sino que vibraba. Pasó el inexistente Nivel -2.

Finalmente, llegó al Nivel -1.

Aquí, bajo el silencio polvoriento del garaje superior, la adrenalina comenzó a fallar. Fue como si alguien hubiera cortado el suministro de oxígeno a su cerebro. El ardor en el antebrazo se intensificó, el latido constante y nauseabundo en la cuenca vacía de su ojo se hizo insoportable.

Se desplomó contra la pared de hormigón, jadeando, usando la mano buena para presionar su cara. Estaba cojeando, sangrando y en pánico total, pero el CLANG-CLANG del robot había dejado de escucharse. Por ahora, había sobrevivido.

Aitor se arrastró por el Nivel -1. Cada paso era una tortura. La adrenalina se había ido, dejando atrás el agotamiento y un dolor punzante en el brazo que le obligaba a sostenerlo como un objeto inútil. La sangre espesa y caliente se había secado parcialmente sobre su mejilla y la cuenca vacía de su ojo palpitaba en un ritmo brutal mientras seguía sangrando.

Estaba utilizando la pared de hormigón como único soporte. Cojeaba, sollozaba sin control, y la oscuridad delante de su ojo izquierdo era un abismo de terror que se sumaba a la oscuridad ambiental. Su objetivo era la luz, el lugar donde el garaje abandonado se conectaba con el mundo exterior. Donde Alba lo esperaba.

La salida. La rampa final que desembocaba en la calle. Estaba a solo unos metros.

Intentó correr, pero el esfuerzo solo logró que se doblara sobre sí mismo, el grito ahogado por el esfuerzo. Cayó de rodillas, el aire saliendo de sus pulmones en un silbido. El miedo no había pasado; ahora era un miedo agotado, un terror con sabor a óxido y sangre.

Solo quedaba una cosa.

La desesperación le dio una voz ronca y quebrada, un sonido que apenas era audible.

—¡Alba!

El sonido era patético. Se obligó a intentarlo de nuevo, reuniendo la poca energía que le quedaba, gritando por encima del dolor que lo consumía.

—¡Alba! ¡Ayúdame! ¡Alba!

El grito, lleno de llanto y terror, rebotó en los techos del garaje.

Un instante de silencio. Y luego, una sombra se movió en el umbral de luz que marcaba la salida.

Alba apareció.

Su expresión, enmarcada por la luz pálida de la calle, se convirtió en puro horror. No había forma de prepararse para lo que vio: Aitor, cubierto de sangre, temblando, con la cara desfigurada por una herida monstruosa.

—¡Aitor! ¡Dios mío! —gritó Alba, corriendo hacia él.

Él no pudo responder más que con un gemido de alivio. Intentó levantarse, pero cayó de nuevo.

Alba se arrodilló a su lado, sus manos buscando desesperadamente la herida. Ella tambien sollozaba del terror y de ver a su amigo en esas condiciones, quería asegurarse de que aitor no se dormía y a desesperación le hacía preguntas

—¿Qué... qué te ha pasado? ¡Te han atacado! ¡Tus ojos...!

Aitor solo pudo balbucear: —Sácame... sácame de aquí... ¡Por favor, Alba!

Ella lo miró, aterrada, y sus ojos se posaron en el suelo junto a él, donde el cuchillo de Aitor yacía tirado. Sin dudar, y asumiendo que era la única protección, Alba lo agarró.

Con una fuerza extraída del pánico, pasó el brazo sano de Aitor sobre su hombro. El peso de él era un lastre, y cada movimiento provocaba un gemido de dolor, pero ella tiró. Tiró de él con todas sus fuerzas hacia el brillo de la salida.

Aitor se tambaleó, apoyándose completamente en ella. La visión borrosa se mezclaba con el cansancio extremo, pero el olor del aire fresco, el aire de la calle, le dio un último empujón.

Juntos, cojeando y arrastrándose, llegaron al final de la rampa. Salieron del garaje abandonado. El metal, el hormigón y el terror se quedaron atrás, tragados por la oscuridad del sótano.

Alba lo sostuvo, buscando desesperadamente su móvil. Aitor se dejó caer contra la pared exterior, con el USB aún quemándole el bolsillo.

—Voy a llamar... a la policía... a una ambulancia... —susurraba Alba con la voz temblorosa, aferrando el cuchillo como si fuera un arma.

Aitor, medio consciente, logró agarrar su brazo. Su ojo visible, inyectado en sangre y dolor, la miró fijamente.

—No... No llames a la policía... Llama a una ambulancia. Solo una ambulancia.

El sol implacable de la mañana iluminaba el asfalto sucio, bañando la escena en una luz que no ofrecía sombras para el horror. Aitor, destrozado y ensangrentado, se apoyaba en el muro exterior, el alivio de la huida desvaneciéndose ante el dolor. Alba, en un estado de pánico frenético, intentaba marcar el teléfono de emergencias.

¡CLANG!

El ruido del bate de béisbol cayendo al suelo anunció la llegada de Johana. Venía con retraso, y la imagen que capturó la detuvo en seco en la boca del callejón.

Ella vio a su amigo, Aitor, tendido y desfigurado, sufriendo una agonía visible. Y sobre él, la persona que detestaba, Alba, pálida y manchada, sosteniendo el cuchillo ensangrentado de Aitor.

Para Johana, conocida por su propensión a la pelea, la evidencia era irrefutable. La rivalidad, el odio, el miedo por Aitor, todo se precipitó en una rabia instantánea.

Las lágrimas de horror y rabia asomaron a sus ojos. Recogió el bate con un temblor furioso.

—¿Qué le has hecho? —La voz de Johana era un hilo roto, cargado con una acusación mortal.

Alba, buscando paz o ayuda, estalló en pánico. Se dio cuenta de que estaba perfectamente incriminada.

—¡Johana, por favor! ¡No es lo que parece! ¡Espera! —Alba balbuceó, extendiendo una mano que aún sostenía el arma, un gesto que Johana interpretó como una amenaza.

El rostro pálido y la negación de Alba solo alimentaron el fuego. Johana solo veía a la atacante de su amigo.

—N-no—logró decir Alba, dando un paso atrás—. N-no, Johana. No es lo que parece. Tienes que creerme.

Johana no la escuchó. Su foco era singular: venganza.

Empezó a avanzar, el bate agarrado con fuerza. Su expresión era de pura furia, una promesa de dolor.

—Vas a pagar por esto —susurró Johana, cerrando la distancia entre ambas.

Alba intentó retroceder, la mente en blanco, incapaz de articular la verdad sobre el infierno del garaje, el desconocimiento que ella tenía y por consecuencia su inocencia.

El bate de béisbol se alzó sobre el hombro de Johana, listo para descargar la violencia.

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