El reino de las sombras Vol 1: Capítulo 1
Capítulo 1
El sol de media mañana había ascendido lo suficiente para derramar un calor desagradable sobre la Plaza de las Cadenas. La muchedumbre, habitualmente dispersa en las tareas del mercado, se había congregado en un semicírculo mudo. No había cotilleo ni griterío de niños, solo el pesado silencio de una comunidad obligada a mirar. En el centro, se erigía el poste de castigo, una viga áspera de roble oscuro.
Elías el herrero, un hombre de hombros anchos y manos callosas acostumbradas al hierro al rojo vivo, estaba atado. Su espalda, desnuda hasta la cintura, brillaba con una fina capa de sudor frío. A su izquierda, separados por la fría distancia que impone el terror real, se encontraban su esposa, Hanna, y sus dos hijos. Elías evitaba mirarlos, no por vergüenza, sino porque saberse observado por ellos era una segunda tortura mucho más profunda. Hanna sostenía a su hija menor, de no más de cinco años, cuya carita estaba hundida en el hombro de su madre. El hijo, un chico de diez años, llamado Tomas, miraba el suelo con una intensidad que prometía lágrimas contenidas o una rabia que aún no sabía nombrar.
El Rey Theron no castigaba desde la sombra. Había ordenado que se erigiera una pequeña plataforma cubierta de terciopelo carmesí justo al borde del semicírculo de la multitud, dándole una vista privilegiada. Subió lentamente, escoltado por la Guardia del Alcázar.
Entre los guardias, el Capitán Valerius sentía el roce familiar de su cota de malla contra su piel, pero hoy, el metal le pesaba. Valerius era un hombre grande, de mediana edad, con una barba rubia y recia que ocultaba una boca acostumbrada a dar órdenes y a morder la lengua. Él creía en el orden. Él creía en el Rey. Había jurado defender la línea de sangre y la ley, y el Rey Theron era la ley. Pero la ley de hoy era fea.
—Capitán— susurró un joven guardia, Merrick, con el rostro demasiado pálido para el sol. Merrick, que apenas había cumplido dieciocho, había visto sangre en escaramuzas, pero la sangre de un hombre desarmado, castigado por robar un puñado de monedas, le revolvía el estómago.
—Silencio, soldado— siseó Valerius sin mover los labios. —Mantén tu postura.
Merrick tragó saliva. Su mano se aferraba al mango de su espada. Su deber era la disciplina, su fe era el juramento. Pero al ver la pequeña silueta del niño Tomas mirando fijamente el poste, una voz dentro de Merrick, una que él se esforzaba por sofocar, gritaba que esto no era justicia, era crueldad innecesaria. Era un mal.
Theron se acercó al borde de su plataforma. Llevaba su túnica más ostentosa, toda bordada en hilo de oro. Levantó una mano y la muchedumbre, que ya estaba en silencio, pareció encogerse más.
—¡Pueblo de Pizarra!— Su voz era potente, resonando gracias a la acústica de la plaza. No era un grito, era una declaración medida de dominio. —Hoy no presenciáis un mero castigo. Presenciáis una lección didáctica.
Theron dejó que sus ojos recorrieran lentamente a la multitud, deteniéndose lo suficiente en Hanna y sus hijos para asegurarse de que su miedo era palpable. Su mirada era como la hoja de un cuchillo viejo, sin filo, pero que rasgaba lentamente.
—Este hombre— señaló a Elías con un gesto rápido y perezoso de su muñeca —es Elías el herrero. Un hombre a quien se le dio la capacidad de forjar herramientas de guerra y de labranza. Un hombre que, en lugar de servir al reino con su sudor, decidió que su propia necesidad era superior a la Ley del Rey. ¡Robó!
Un murmullo se extendió por la multitud. No de protesta, sino de incomodidad. El herrero no había robado a un vecino, había tomado una parte del diezmo destinado a las arcas reales.
—La Ley es la columna vertebral de este reino— continuó Theron, su voz ahora imbuida de un tono de padre decepcionado, un papel que disfrutaba particularmente. —La Ley soy yo. Y la desobediencia es un cáncer que debe ser extirpado sin piedad. Podría haber ordenado la horca. Podría haberlo dejado pudrirse en la oscuridad. Pero la muerte es rápida. La muerte es un olvido. Yo quiero que este castigo sea un recuerdo imperecedero.
Hanna, la esposa, cerró los ojos y apretó a su hija. Tomas, el niño, finalmente alzó la mirada y sus ojos se encontraron con la silueta dorada e indiferente de Theron. El rey sonrió ligeramente, una mueca fina y desalmada.
—¿Por qué no lo mato?— Theron hizo una pausa teatral. —¿Porque al matarlo, solo elimino un cuerpo. Al castigarlo de esta manera, castigo una idea—. Dijo la palabra "idea" con un desprecio resonante. —Elías nunca más podrá levantar su martillo para robar. Sus manos, que antes eran su orgullo, serán la prueba de su vergüenza. Y vosotros, sus hijos y su esposa— Theron señaló directamente a la familia —nunca más olvidaréis el precio de la deslealtad. Este dolor es una inversión en vuestra futura obediencia. ¡Que el miedo sea el abono de la lealtad!
Valerius, el capitán, sintió un escalofrío. Elías había robado, sí. El castigo era necesario. Pero el Rey había ido más allá del castigo; había ordenado la humillación completa y la participación forzada de los inocentes. Valerius se recordó a sí mismo que los reyes tenían que ser duros. La piedad era un lujo que un rey medieval no podía permitirse. Elías robó. Es culpable. Fin.
Theron hizo un gesto al verdugo. Un hombre alto y silencioso con la capucha de cuero. La multitud contuvo el aliento. El verdugo alzó el látigo, una tira de cuero gruesa, y la hizo chasquear en el aire. El sonido fue seco y violento, un preludio horrible.
—¡Comiencen!— ordenó Theron.
El primer golpe fue un sonido húmedo que resonó en el silencio. Elías no gritó. Solo hubo un espasmo incontrolado de su cuerpo contra el poste. Hanna soltó un sollozo ahogado. La niña gimió.
Tomas, el hijo, se había quedado quieto, pero en el segundo golpe, que dibujó una línea roja y brillante a lo largo de la espalda de Elías, el muchacho dejó escapar un sonido gutural, una mezcla de terror y furia. Intentó avanzar, pero Hanna lo sujetó con una fuerza desesperada.
Merrick, el guardia joven, vio la escena. Vio el rostro de Tomas. Lo que vio no fue la cara de un futuro criminal arrepentido, sino la de un niño al que se le había plantado una semilla de odio amargo. Sintió náuseas. Se apretó el puño, las uñas clavándose en su palma. Si el Rey estaba sembrando lealtad, estaba usando una semilla venenosa.
Valerius, que estaba de espaldas a la plataforma, se obligó a concentrarse en la línea de sus hombres, en la formación. Escuchó el latigazo, el jadeo de Elías, los sollozos de la mujer. Sabía que sus hombres lo sentían. La disciplina de la Guardia del Alcázar se basaba en la creencia inquebrantable en la autoridad del Rey. Pero la autoridad, cuando se presentaba con este nivel de sadismo frío, comenzaba a corroer la fe.
El látigo caía. Diez. Quince. La sangre ya no era una línea roja, sino un patrón moteado que se extendía sobre la piel rota de Elías.
Theron, por su parte, se reclinó ligeramente, observando el castigo con la placidez con que un hombre observa el fuego. Era una confirmación silenciosa de su existencia, de su control total sobre la vida y la muerte, y más importante, sobre el dolor. El gemido de Elías era música para la paranoia de Theron: mientras ellos sufran, no conspirarán.
Cuando el verdugo alcanzó el golpe veinte, Valerius tuvo que intervenir.
—¡Vigilancia!— Su voz era baja, un comando sordo. —¡Aseguren el perímetro!
Era una orden vacía. Nadie en la plaza iba a moverse. Pero era una forma de obligar a sus guardias a mirar hacia afuera, a desviar la vista del espectáculo central.
Merrick se giró lentamente, pero sus ojos estaban fijos en Valerius, buscando una respuesta, una excusa para la miseria que estaban presenciando.
—Capitán— Merrick finalmente articuló, su voz apenas un susurro —Esto es... es demasiado, por el diezmo.
Valerius se acercó y lo tomó por el brazo con una presión de hierro, tirando de él de vuelta a la realidad.
—Cállate. El juramento no pregunta si es justo, solo si es la orden. El Rey debe ser fuerte. Si el Rey muestra debilidad, ¿qué sucede?— Hizo una pausa dramática. —El caos. Asesinatos. Anarquía. Nosotros somos el orden, Merrick. Y el orden se paga con la crueldad.
Valerius se había repetido esa máxima tantas veces que casi se la creía. Era su propio mantra para sofocar la culpa: si el Rey es cruel, pero el reino es estable, entonces la crueldad es el precio de la estabilidad. Era una mentira conveniente, pero al ver la sangre goteando sobre el suelo de la plaza, la mentira se sentía pegajosa e insoportable.
El castigo terminó con el golpe número cincuenta. El verdugo se retiró. Elías colgaba del poste, inconsciente, su espalda convertida en un amasijo sangriento.
Theron se puso de pie de nuevo, limpiándose una mota de polvo inexistente de su manga.
—Que este hombre reciba atención médica, suficiente para sobrevivir y curar. No morirá. Lo quiero vivo para que recuerde. Y quiero que todos en esta plaza recuerden. Idos, y que la obediencia sea la única cosecha de vuestras vidas.
La multitud se dispersó en el mismo silencio sepulcral.
Valerius dio la orden de escoltar al Rey de vuelta al Alcázar. Mientras marchaba, vio a Hanna ayudando a un grupo de ancianas a desatar a Elías, y vio a Tomas, el niño, no llorando, sino de pie, mirando la espalda destrozada de su padre. La mirada del niño no era de pánico. Era de promesa. Una promesa fría y silenciosa de que ese recuerdo no sería de obediencia, sino de venganza.
Merrick marchaba detrás, su fe en el juramento hecha añicos por el olor a sangre fresca y la imagen de la familia destrozada. Valerius, el capitán, sentía el peso no solo de su armadura, sino de la culpa compartida. Había protegido al Rey, pero en el proceso, había roto algo fundamental en el alma de su juramento.
El Rey Theron volvió a su Alcázar, sintiéndose vigorizado y justificado. Se había asegurado de que, durante un tiempo, nadie se atrevería a desafiarlo. Había consolidado su poder a expensas de la humanidad de todos.
Pero en la Plaza de las Cadenas, la lección de Theron había tenido un efecto inesperado: había plantado las primeras semillas de la subversión en el corazón de un niño y en la conciencia de un guardia.


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