El reino de las sombras Vol 1: Prólogo
Prólogo
El sol de la Edad Media no pedía permiso, se abría paso entre las vidrieras emplomadas del Alcázar de Pizarra con una luz dura, más parecida a la inspección que a la calidez. Para el Rey Theron, la luz era una súbdita más que debía doblegarse, no él.
Su primer acto del día era un ritual de autoconfirmación. Descorrió las pesadas cortinas de terciopelo no con la prisa de la mañana, sino con la pausada dignidad de quien ejecuta una sentencia. Estudió el patio de armas desde su balcón privado. No buscaba signos de paz o prosperidad; buscaba grietas, fisuras en la lealtad, cabezas inclinadas demasiado rápido o demasiado lento. Theron, ataviado ya con una túnica de seda aunque la hora no pasaba de la séptima, saboreaba el momento. Su piel pálida, nutrida más por la inactividad que por el buen aire, y los ojos de un azul acuoso y frío reflejaban solo la imagen que él veneraba: la de un hombre en la cima inamovible cuyo valor se medía por el temor que inspiraba.
En la mesa auxiliar le esperaba su desayuno. No el humilde sustento de pan de centeno o huevos frescos que alimentaban a sus sirvientes, solo una copa de vino especiado con canela —un lujo reservado para los estómagos más delicados— y dos pergaminos. El primero, entregado en la madrugada, era el informe de las mazmorras: "Dos perecieron por la noche, uno por fiebre, el otro se ahorcó con su propia faja. El reo de la herejía pidió clemencia hasta que su garganta se secó; no le fue concedida."
Theron no sonrió abiertamente, pero el músculo rígido cerca de su mandíbula se relajó en lo que podría confundirse con una profunda satisfacción. Su mente, en lugar de calcular cosechas, estrategias militares o el estado de sus arcas, se centró únicamente en la palabra clemencia. Para Theron, la súplica desesperada de clemencia no era un lamento, sino un reconocimiento tardío de su poder absoluto. La idea de que su mero nombre, su voluntad distante, pudiera paralizar a un hombre moribundo le daba más vigor que cualquier estofado. Sentía una oleada de seguridad perversa: mientras la miseria y el terror existieran bajo su mando, su trono era sólido.
El segundo pergamino era el menú de la corte para la cena de la noche. Lo arrugó sin leerlo. El placer estaba en el poder, no en la langosta.
La Reina Lysandra dormía aún, claro, pensó con un desdén seco que ni siquiera se molestó en ocultar. Su esposa era su adorno, el requisito que confirmaba su estatus, el vientre que podría haberle dado un heredero, pero que él mantenía estéril por elección. Jamás engendraría un hijo. Un varón era, en su mente paranoica, un cuchillo afilado esperando en la sombra, un futuro conspirador, un rival natural. La corona se quedaba con él, y solo con él. Su mayor acto de amor propio era el rechazo a la posteridad. La eternidad para Theron era el día de hoy y la sumisión de todos los presentes.
El ritual continuó con el vestirse. El sastre mayor, un hombre anciano y tembloroso, fue convocado para la inspección. La capa de terciopelo carmesí no caía exactamente como se esperaba sobre el hombro izquierdo. Theron lo notó de inmediato.
—Sastre —dijo sin levantar la voz, pero con una frialdad que congeló el aire—, ¿Ves la arruga? Está justo ahí. Es una insubordinación de la tela. ¿Crees que el Rey de Pizarra debe ir por el mundo cubierto de insubordinaciones? ¿O quizás estás perdiendo la vista y pronto serás inútil?
El anciano se encogió. —Perdón, Majestad, la hebra...
—Silencio —tronó Theron—. Tu error es un espejo de tu mente descuidada. Ve y corrige la capa. Si la arruga permanece a la hora del consejo, me aseguraré de que tu ojo que la falló sea menos problemático en el futuro.
Con este pequeño terror diario completado, se sintió listo.
El chambelán Sir Gregor entró con el ruido sordo de sus botas. Se inclinó, la cabeza casi tocando el suelo, su lealtad comprada por el terror y algunos lingotes.
—Majestad, el herrero Elías ha sido localizado tratando de huir del feudo con el diezmo robado. Fue atrapado a dos millas del muro. ¿Se le ejecuta de inmediato?
Theron tomó un sorbo de vino, arrastrando el momento. Se deleitaba en la toma de decisiones que arruinaban vidas. Levantó una ceja, considerando el deleite de la lenta agonía versus el rápido castigo.
—¿Ejecución? No. La muerte es un fin, Gregor, y yo soy un principio. Un borrón y cuenta nueva. Y a mí no me gusta el borrón. Haz que lo azoten públicamente en la plaza principal. No hasta la muerte, sino hasta que no pueda volver a levantar un martillo. Y haz que su esposa y sus dos pequeños hijos sean obligados a pararse justo enfrente, cerca. Y asegúrate de que su dolor sea lento, gráfico y didáctico. —Hizo una pausa, su mirada se perdió un momento en el vacío—. Y Gregor... que nadie aparte la mirada. Niños incluidos. Es la lección más importante de sus vidas.
Al salir de su alcoba, su paso era exageradamente firme, su barbilla levantada en un desafío permanente al mundo. El reflejo en el espejo de cuerpo entero mostraba una figura majestuosa y dorada. Nadie, al verlo en toda su pompa, pensaría en la pequeña y cobarde ansiedad que carcomía sus entrañas, el miedo constante a ser destronado que alimentaba cada una de sus crueldades.
El Rey Theron gobernaba su reino no con justicia o visión, sino con una mano de hierro cuyo único propósito era ocultar el temblor de la mano que la empuñaba. Era un hombre que se deleitaba en la tortura ajena, no por ira o necesidad estratégica, sino por la confirmación de que mientras otros se hundían en la miseria y el dolor, él seguía en su trono intocable. El día acababa de empezar, y el terror era su desayuno.


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