Ligero (contenido sensible)

Ligero


Advertencia, lo que estas apunto de leer trata sobre un tema sensible, cabe recalcar que estos hechos no han sucedido y son solo una representación de un concepto, en específico, sentirse solo aun acompañado.



        El aire pesa de una forma que no tiene que ver con la física. No es el calor sofocante del verano ni el frío punzante del invierno. Es esa tibieza estancada que se te pega a la piel como una sábana sucia que llevas días sin cambiar. Aitor se pasa la mano por el muslo y roza la lona de su pantalón vaquero verde oscuro. Bueno, "verde". El color se ha ido rindiendo ante los lavados y el polvo para dejar un rastro cenizo. Es una degradación lenta que hace que la prenda parezca estar envejeciendo mucho más rápido que él. Se pone la camiseta negra. Esa ya no huele a su suavizante ni a su desodorante ni a él mismo. Huele a armario y a encierro. Huele a ese aroma neutro y desolador de las cosas que ya no pertenecen a nadie. Antes de salir se cuelga la cadena al cuello. El metal está frío pero él apenas lo siente. Pasa el pulgar por la chapa desgastada donde un día se leía con claridad "gracias por ser mi hermano". Las letras están borrosas y comidas por el roce constante de un tic nervioso. Es como si el mensaje también se estuviera cansando de existir.

Cruza el pasillo de su casa y el suelo de madera cruje bajo sus pies como si protestara por su presencia. En la cocina el ruido es ensordecedor. El borboteo de una cafetera, el telediario hablando de cifras que a nadie le importan y el choque metálico de los cubiertos. Su madre está de espaldas pero se gira al notar su sombra. Le dedica una sonrisa que a Aitor le quema. Es una sonrisa cargada de una esperanza que él no sabe dónde guardar.

—¿Te vas ya, Aitor? ¿No quieres un poco de fruta antes de salir? —le pregunta ella con esa voz que intenta construir puentes donde él solo ve abismos.

—No, mamá. No tengo hambre —responde Aitor y su propia voz le suena extraña como si viniera de otra habitación.

—Estás muy pálido, Aitor. ¿Has dormido algo? Tu padre dice que te escuchó caminar por el cuarto a las tres de la mañana. Si te pasa algo... ya sabes que estamos aquí, ¿verdad?

Aitor asiente con un gesto mecánico. Es una máscara de normalidad que se está agrietando por los bordes. "Estamos aquí" piensa él mientras cierra la puerta tras de sí. El silencio de la escalera le devuelve el golpe. Están allí pero él no está con ellos. Es como si viviera detrás de un cristal blindado. Los ve moverse y los oye hablar pero el calor de su hogar no le llega a la piel. Se siente un parásito emocional. Alguien que consume el amor de los suyos sin tener nada que ofrecer a cambio más que un vacío cada vez más grande.

Sale a la calle y la ciudad lo recibe con su indiferencia habitual. Camina por la acera de baldosas desgastadas esquivando a la gente. Ve a una pareja de ancianos caminar de la mano y se pregunta si ellos también sienten que el mundo se está apagando. Pasa junto a una parada de autobús donde un cartel publicitario brilla con colores imposibles. Es un anuncio de una bebida energética con gente riendo en una playa. Aitor se queda mirando los dientes blancos y las caras perfectas de los modelos. Le parecen alienígenas. Seres de otra dimensión que no conocen el peso de levantarse cada mañana con el pecho hundido. Una moto pasa a toda velocidad por su lado y el estruendo le hace encogerse de hombros. El ruido de los coches es constante. Un flujo de metal y humo que fluye por las arterias de la ciudad. Arriba en el cielo gris un avión deja una estela blanca que se deshilacha poco a poco. Aitor lo sigue con la mirada. Imagina a la gente ahí arriba mirando por la ventanilla. Seguramente ni siquiera lo ven a él. Un punto negro caminando hacia un barranco.

El asfalto de la ciudad va desapareciendo para dejar paso a la tierra. Aitor llega al borde del barranco donde la civilización parece rendirse. El camino es estrecho y está lleno de esa tierra arcillosa que se te mete en las uñas y ensucia las suelas de las zapatillas. Hay matojos secos y latas de refresco oxidadas que alguien tiró hace años. Empieza a bajar y sus pies encuentran los apoyos de siempre. No necesita mirar al suelo. Su cuerpo conoce la inclinación exacta para no resbalar. A su derecha se extiende un trozo de carretera abandonada que se corta bruscamente contra el monte. El alquitrán está cuarteado y de las grietas brotan malas hierbas que parecen querer devorar el camino. Es un lugar muerto. Un proyecto que se quedó a medias y que ahora solo sirve de refugio para lo que nadie quiere ver.

El móvil vibra en su bolsillo. Se apoya en una roca y saca el dispositivo. La pantalla está llena de notificaciones de WhatsApp que se sienten como disparos.

Mayed: "Aitor, ¿estás ahí? Llevas toda la tarde sin contestar. He visto esa sudadera que te dije y te he mandado la foto. ¿Te gusta?"

Mayed: "Aitor... ¿qué te pasa? Estás rarísimo hoy. Bueno, hoy y toda la semana. Siento que te estoy escribiendo a una pared. ¿He hecho algo mal?"

Aitor suspira y el vaho de su cansancio parece empañar el cristal. Sus dedos se mueven por inercia.

Aitor: "No has hecho nada mal, de verdad. Es que estoy un poco cansado. No te preocupes."

Mayed: "No es cansancio, Aitor. Te conozco. Cuando te pones así es porque algo te está comiendo por dentro y no me dejas entrar. Me duele que no confíes en mí. ¿Dónde estás ahora?"

Aitor: "Dando una vuelta. Necesitaba aire. Luego te llamo, ¿vale?"

Mayed: "Eso me dijiste ayer y no llamaste. No sé cuánto más puedo aguantar este silencio tuyo, Aitor. Parece que me tienes miedo."

Cierra el chat con Mayed porque el pecho le arde de culpabilidad. Pero la pantalla no descansa. Erick ha escrito en el grupo y luego por privado.

Erick: "¡Aitor! Venga tío, no me jodas. Esta tarde sale un basquetcito guapo en la cancha de siempre. No me digas que no que nos falta uno para las tercias y estará Osvaldo. Vente y despejas la cabeza crack."

Aitor: "Que no puedo de verdad. Ando super liado con cosas de casa, mi madre me ha pedido que le ayude con unos muebles y luego tengo que repasar lo de mañana."

Erick: "¿Muebles? Tío, llevas 'liado' tres semanas. Te vas a convertir en un mueble tú también. Venga, aunque sea media hora."

Aitor: "No insistas Erick. Estoy a tope. Pasadlo bien."

Bloquea a Erick mentalmente. La insistencia de la gente sana es agotadora. Entonces ve el mensaje de Alba.

Alba: "Aitor, deja de poner excusas en el grupo. Te hemos visto hoy en clase y no has abierto la boca. Estás ausente, como si fueras un holograma. ¿Qué está pasando realmente?"

Aitor: "No pasa nada Alba, de verdad. Sois unos exagerados todos."

Alba: "¿Exagerados? No has salido con nosotros en diez días. Mayed está que no sabe qué pensar. Aitor, si estás mal dinos algo. No te cierres así."

Aitor: "Es que flipas Alba. Estoy bien. Solo tengo una racha de mucho lío y poco sueño. Todo anda bien, en serio. No busques problemas donde no los hay. Sois vosotros los que me estáis agobiando con tanto control."

Guarda el teléfono con violencia. La palabra "exagerada" le ha servido de escudo, pero por dentro sabe que es el clavo que termina de cerrar su propio ataúd social.

Llega al túnel abandonado. Ese trozo de carretera que alguien olvidó y que ahora es un esqueleto de cemento lleno de grafitis superpuestos y restos de animales. Hay plumas secas y huesos pequeños que crujen bajo sus suelas para recordarle que allí la muerte es algo cotidiano. Al fondo en la zona más apartada están ellos. Pepi, Ermes, Toribio y Juanjo. Cuatro gatos adolescentes en los huesos. Son animales que han aprendido que la mano del hombre suele traer dolor pero que la de Aitor trae comida. Los maullidos son agudos y rotos. Aitor saca las latas de la mochila. El sonido del metal al abrirse resuena en la bóveda del túnel. Los gatos se lanzan sobre la comida y él se sienta en el suelo ignorando la mugre que se pega a su pantalón.

—Mayed está empezando a cansarse —le dice Aitor al gato blanco de ojos azules que lo mira mientras mastica—. Dice que soy una pared. Y tiene razón. Alba dice que soy un holograma. Y Erick... Erick cree que un partido de baloncesto va a arreglar que no sienta nada cuando me despierto.

El gato blanco se detiene. Sus ojos azules son como dos perlas frías en mitad de la oscuridad. El animal se acerca despacio y roza su cabeza contra la rodilla de Aitor.

—¿Y por qué te importa tanto lo que digan si has decidido que ya no formas parte de su mundo? —pregunta el gato. Su voz suena clara en la mente de Aitor—. Les mientes porque tienes miedo de que tengan razón. Les dices que son exagerados para no admitir que te estás ahogando en tierra seca.

Aitor cierra los ojos y apoya la cabeza en la pared fría de hormigón. Se siente tan cansado que el simple hecho de existir le parece un esfuerzo sobrehumano. El zumbido de los coches arriba en el puente es el latido de un mundo al que ya no pertenece.

—Estoy loco —susurra Aitor—. Estoy hablando con un gato de ojos azules en un túnel de mierda.

Se queda allí sentado mientras la luz del día se retira del barranco. El gris del cielo se vuelve negro. Aitor camina de vuelta hacia el puente, ese que pasa por encima del barranco. El pantalón verde grisáceo está manchado de la tierra arcillosa del túnel, pero ya no le importa. Se siente extrañamente ligero, como si el vacío que lleva dentro hubiera empezado a tirar de él hacia abajo.

Cruza la pasarela metálica. Se apoya en la barandilla de hierro frío. Abajo, el barranco es una boca negra. El móvil vibra por última vez. Es una vibración larga, insistente.

Mayed: "Buenas noches, Aitor. Ojalá mañana vuelvas. Te espero donde siempre. Te amo 💛"

Aitor mira el corazón amarillo. Ese color de la luz que él ya no puede ver. No hay cinismo ahora. Solo un cansancio terminal. Abre la mano y el móvil se desliza de sus dedos, girando en el aire con la pantalla encendida mostrando el corazón amarillo de Mayed hasta que la oscuridad se lo traga. El impacto abajo es seco.

Aitor cierra los ojos. Siente el viento frío rozándole la cara. Se sube al borde de la barandilla, sintiendo el metal bajo las suelas de sus vaqueros gastados.

—Estoy loco, ¿verdad? —repite, pero esta vez ya sabe la respuesta.

Aitor se inclina hacia adelante. Deja de luchar contra la gravedad. Simplemente se deja caer, buscando en el fondo del barranco el silencio que el mundo de arriba nunca supo darle.

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