Lo que Joha me hizo: 1

Capítulo 1



Recuerdo aquel día: el día en que me hice una enemiga.

Era un día cualquiera. Caminaba con Tayri de la mano, subiendo hacia la Constitución como siempre. Pasamos la iglesia de San Gregorio con el único fin de acompañarla a casa; es lo que todo hombre debería hacer por su dama, ¿cierto?

—¡Ay, tía, cuánto tiempo! —exclamó Tayri, soltando mi mano un momento para lanzarse a los brazos de otra chica.

Me sorprendió, lo admito. Yo soy alto, pero aquella chica medía lo mismo que yo. Llevaba el pelo rizado recogido en una coleta larga que, a mi parecer, no le favorecía; siempre he pensado que las mujeres están mejor con el pelo suelto. Era delgada, o más bien atlética; se notaba que no era de las que se quedaban en casa sin hacer nada. Morena y de ojos oscuros.

Ella me dio un repaso lento con la mirada, transformando su expresión de felicidad en una de asco que detecté al instante. Al fin y al cabo, era extraño: yo también entreno, también soy moreno y tengo los ojos de ese mismo tono. Lo único que no compartía con ella era el pelo rizado y esa mirada de desprecio. Yo, en cambio, la observaba con curiosidad, como un animal que ve a un humano por primera vez.

Tayri tardó en presentarme. Siempre tardaba en acordarse de mí. Se supone que era su novio, alguien importante, pero a veces sentía que debía hacer algún ruido para captar su atención. Finalmente, pronunció las palabras. Tendí la mano para un apretón firme y busqué sus ojos.

—Aitor, encantado.

No tuve respuesta. Ella me miró subiendo el mentón, achinó los ojos y plantó una sonrisa ladeada. Odié esa cara. La odié a ella en ese mismo instante. Me había rechazado un saludo, algo que para mí es el código sagrado cuando conoces a alguien. Si no hay mano, no hay respeto.

—Me llamo Johana —dijo sin apartar aquella expresión de... ¿de cabrona? No sé cómo describir lo que sentía, solo sabía que me hervía la sangre.

Tayri se despidió de ella antes que de mí. Luego se me acercó, me dio un beso rápido y se marchó. ¡Me abandonó allí con aquella desconocida! Me quedé estático, esperando que soltara algún comentario típico de superioridad, algo como: «ella es mía» o «no eres especial, chico».

Pero no. Johana simplemente pasó por mi lado, rozando mi hombro, y me susurró una sola palabra:

—Pringado.

Me la quedé mirando mientras se alejaba caminando tranquila, con un paso seguro, como si acabara de soltarse un peso de encima. A los pocos metros se giró levemente; solo giró la cara para mostrarme una sonrisa que ya no parecía tan maliciosa, sino más bien un desafío. No sé por qué, pero me entraron ganas de sonreír a mí también. No porque me hiciera gracia, sino porque nadie llamaba pringado a Aitor Belmonte y se iba de rositas.

¿Quería guerra? La tendría. A fin de cuentas, me sobraban palabras en el vocabulario.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Marioneta