Por la noche tambien hay nubes 2

 Por la noche tambien hay nubes 2



Me despierto. Vaya, primer día en el hospital. Los TACs, electros y analíticas no se hacen esperar. En realidad, no sirven de mucho porque nada detecta nada.

—Curioso, ¿eh? —pensé—. Quizá solo fue una bajada de tensión, un mal movimiento.

El doctor entra en la habitación. Yo espero un alta rápida, un "todo en orden". ¿Y qué recibo? Unos días ingresado. Qué putada. El médico apunta a que los resultados de las analíticas no son, en el fondo, buenos.

—¿Cómo que no, doc? Si todo está bien: azúcar correcto, presión estable, vitaminas a tope.

Pero se ve que eso mismo era lo que le preocupaba. Quizá lo que me pasaba no se debía a las defensas ni a las vitaminas, venía de la central, del motor, del tucún-tucún. Del corazón.

—No jodas.

Por mi mente, los escenarios se creaban a la velocidad de un ordenador potente con buen wifi. ¿Lo había perdido todo? Entrenar es mi vida, entrenar me ha salvado la vida. ¿Ya no puedo correr? ¿Ya no puedo subir montañas? ¿Ya no puedo echar un pulso sin necesitar ayuda? Mira que odio bailar, lo detesto, pero en ese momento habría dado lo que fuera por poder hacerlo.

En realidad, en ese momento el deporte ya ni me preocupaba. Que le den a todo. ¿Qué pasaba con Maye? ¿Con mis amigos? ¿Estarían preocupados?

Tan pronto como pensé en ellos, una especie de rayo cruzó mi mente. De golpe, como si me olvidara de quién era, dejé de preocuparme. Me dejó de importar todo. Miré el móvil, hice el amago de encenderlo, pero no, lo dejé de lado. Me tumbé y, con la mirada perdida, noté que podía volver a sentir. Mi tacto volvió, el control de mi cuerpo volvió, mi visión y mi respiración volvieron. Pero...

Yo no había vuelto. Estaba diferente.

Miré de nuevo el móvil: las notificaciones del grupo estaban llenas. Alba, mi gran amiga, once mensajes. Maye casi ni sabía qué decir, sus mensajes eran raros, escritos como si estuviera presa del pánico. Y yo... bueno, yo miraba las notificaciones sin desbloquear el terminal y no sentía nada. Pero nada es nada. Era un vacío tan absoluto que ni siquiera me preocupaba el hecho de que, de golpe y porrazo, ya no me importaran Alba, Maye, Erick o Deybin. Nada. Simplemente miraba.

Apagué la pantalla y me volví a tumbar. Ese día solo tuve una certeza: Aitor había muerto. Lo que estaba en esa camilla de hospital no era él, era un clon. Un clon programado para saber quiénes eran todos, pero al que se le había olvidado programar qué sentir por ellos.

Me digné a responder los mensajes. Calmé a todos, hablé de la situación, tranquilicé al mundo. Envié palabras de amor y de cariño, pero estaban programadas. Ni yo mismo sabía qué escribía, era como si mi mente hubiera desconectado todo, dejando solo lo esencial: responder y que todo pareciera normal. Pero esa noche, cuando por fin intenté dormir, supe que las cosas iban a peor.

«Todo lo que sube, baja», y este era mi momento de caer. Mi momento de perderlo todo. No sé qué me sucedió exactamente, pero me fui a dormir con la certeza de que los iba a perder a todos: a Deybin, a Alba, a Maye...

«Ojo de loco no es equívoco».

Me asustó lo rápido que concilié el sueño. Yo quería que me importara, pero mi cerebro se negó a hacerlo. Era como tener una enfermedad y saber que no vas a sobrevivir. Lo que me había pasado era el cambio, y ese cambio era la enfermedad, el «no sobrevivir» significaba, simplemente, perder a quienes amaba.

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