Por la noche tambien hay nubes

Por la noche tambien hay nubes



Supongo que todos llegamos a ese punto en el que el mapa se borra. No sabes quién eres, qué eres, ni qué demonios estás haciendo; ni siquiera si lo que haces está bien. Dicen que es una etapa, que llega con la adolescencia.

¿Hormonas? ¿Estrés? Me da una flojera inmensa buscarlo. Me da flojera pensarlo, me da flojera hasta despegarme de las sábanas. Son unos buenos dieciséis años. Ese "poder adolescente" del que tanto hablan se resume, en mi realidad, en unas notas de mierda, un curso repetido, una duda existencial que no me cabe en el pecho y los típicos líos amorosos de la edad. Y siempre la misma pregunta martillando: ¿Qué estoy haciendo mal?

—Supongo que todo —me respondo a solas.

Lo que siento y lo que dejo de sentir es un terreno extraño. Hay días en los que odio el mundo entero y otros en los que me muero por abrazarlo. A menudo no sé ni qué etiqueta ponerle a lo que me pasa, no solo con lo que hago, sino con la gente que viene y va, con las cosas que ya pasaron. Es como vivir en una habitación a oscuras intentando adivinar dónde están los muebles.

A veces creo que estoy mal de la cabeza. Quizá sea mi mayor certeza. Yo sé que mi mente hizo un crack tremendo. ¿Cuándo? Yo lo sé, nadie más. Me acuerdo de ese día, o más bien, de esos días...

Todo iba guay. —Mírate, Aitor —me decía cada mañana al espejo—. Tienes amigos que te apoyan, un grupo espectacular, una chica que te quiere. Cada día estás más fuerte, cada día mejor.

Qué engañado vivía. Un día cualquiera, en la clase de educación física de siempre, jugábamos a un balón prisionero adaptado. Tan solo jugaba, tan solo caminaba. Pasé al lado de M. y me digné a contemplarla un segundo antes de volver al juego. Pero en cuanto mi intención regresó a la pista, mi mirada se nubló.

¿Se apagó la luz? ¿Me he desmayado? Ojalá...

Sentí cómo mi cuerpo cedía, cómo caía al suelo sin poder controlar mi respiración. Notaba miles de hormigas recorriendo mis brazos y piernas. No sentía el tacto. Sabía que estaba tocando el suelo porque lo veía, no porque lo sintiera. Todo el mundo corrió hacia la mesa de guardia para llamar a una ambulancia; otros se quedaron mirando. Y allí, frente a mi, pálida, estaba M. Me miraba. Me dio la mano.

Joder, no la sentía. Podía ver su cara, una lágrima, el shock, su mano temblando sobre la mía. Y yo, nada. Como si fuera una estatua, como si no tuviera nervios. De mi boca solo salió una frase: —Lo siento...

¿Por qué? Yo no busqué que esto me pasara. Supongo que era el miedo a causarle miedo. O quizá pedí disculpas porque era una ofensa no sentir su tacto. Lamentaba como nunca el no poder sentir algo. A veces buscamos anestesiarnos, pero Dios mío, jamás hubiera querido dejar de sentirla a ella.

Solo pude mirar al cielo mientras mi cuerpo se retorcía como un mosquito bajo el efecto de un spray. El cielo no era azul, era negro. Estaba lleno de nubes. En realidad no lo estaba, pero yo las veía. Y ahí me di cuenta: las nubes nunca se ven venir. A fin de cuentas, ¿quién iba a ver que esto me iba a pasar?

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